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Mi cambio

En algunos casos, el cambio de cosmética convencional a cosmética natural viene dado por alergias. En muchos casos. Ampollas que no se van, dermatitis atópica, quemaduras, psoriasis… el cuerpo es sabio, y cuando ha habido una exposición prolongada a un cóctel químico, puede llegar un momento que lo refleja. Porque las pequeñas cantidades no neutralizan el peligro. Hablamos de cosméticos que en algunos casos nos acompañan de día o de noche, otros en momentos del día a día, que, aunque se aclaren, se vuelve a repetir la operación, si no a diario, casi.

En mi caso el cambio vino dado por el nacimiento de mi niña. Nunca usaba otra cosa que geles y champús, ni cremas, ni colonias ni maquillaje, supongo que ya me protegía un poco así, pero hubo un tiempo en que usé tintes químicos para el pelo también. Y soy de piel sensible, a veces me picaba y se notaba seca al tacto, aunque no llegaba a dermatitis atópica en sí. Supongo que con el tiempo habría llegado. Usaba prendas de algodón, y usaba muy poquito suavizante. Pensaba que con minimizando, bastaba. Total, sólo era yo (he ido aprendiendo a quererme un poco más).

Pero cuando preparaba la llegada de Vicky, me pareció más serio, y empecé a leer un libro sobre su cuarto, y enumeraba la cantidad de tóxicos, desde pinturas hasta juguetes, a los que puede llegar a estar expuesta. Empecé a sentir un asco visceral. Pensé que con el “menos es más” que aplicaba instintivamente bastaba, pero me dí cuenta de que llevamos bien vendidos desde hace unas buenas décadas, desde los años 50 del siglo pasado, y, lo que damos por sentado, es una corriente industrial “reciente”, de aprovechar los desperdicios de la industria química para hacer pinturas, colas, colchones, ambientadores, … y cosméticos. No estoy minimizando el daño de los anteriores, ni mucho menos, todo suma, sobre todo en espacios cerrados como un hogar. Pero tal vez los cosméticos un poquito más. Entran en contacto directo con piel y pelo, y algunos ahí se quedan.

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No exagero cuando hablo de cóctel: sólo en cosmética, sólo en fábricas europeas (las más “seguras”), trabajan con más de 150.000 sustancias diferentes. Su producción ha pasado de un millón de toneladas en 1939 a más de 400 millones de toneladas en la actualidad. Una parte importante sirve para conferir propiedades funcionales como color, olor, consistencia o resistencia a las bacterias. Los ingredientes mayoritarios son 8.000 en productos cosméticos y de aseo*. Como siempre, prima la pinta al contenido en la industria cosmética convencional, hija de la industria del petróleo y del márketing agresivo y uniformador.

Recuerdo que me regalaron una cesta enorme con geles de baño y aceites de Johnson’s para la nena recién nacida, y recuerdo el asco con que miré la cesta, seguro que a la señora no le pasó desapercibido, pobreta! Pensé, tanto volumen de cosas que me da asco hasta tirar… lo llevé al punto limpio y el señor me miró raro, normal. Está tan normalizado!

Y me dí cuenta de que no me podía quedar en el asco. Hice un curso para aprender a hacer jabones artesanales, y leí, leí, y leí. Acabé rechazando los jabones de sosa por su PH elevado (pero igualmente inocuos, por lo tanto, mucho mejor que un Dove, por ej.), y empecé a hacer jabones con tensioactivos de origen natural, con todos los ingredientes que había usado hasta ahora (aceites, mantecas, hierbas y frutas en polvo,…) pero también añadiéndoles emulsionantes de origen vegetal, para hacerlos más suavitos (cowash), incluso, y jugando con textura, solidez,… hasta ahora, que me encuentro muy orgullosa de mis productos.

Me enamoré de la aromaterapia, y me encanta jugar con mis mezclas, y leer infinidad sobre diferentes escuelas y autores que sirven como base a un proceso con un poco de creativo, también. Lástima el poco tiempo! pero parece que, las que repiten, lo hacen aparte de por todo lo demás, también por esos olores. Pero hay que estudiar mucho, son sustancias muy potentes.

Las cremas y el resto de productos (desodorantes, pastas de dientes, champús sólidos,…) me llevaron bastante más tiempo para darlos el visto bueno, pero también estoy ahí. Y ahora no me importa usar cremas, geles exfoliantes, bombas de baño, aceites de masaje,… toda una serie de productos que, no son imprescindibles, cierto, pero que  nutren los sentidos, en vez de agredirlos.

En el camino he encontrado compañeras (me disculpan los de la Real Academia indignados con el uso femenino, pero son muchas más ellas) con las que he sentido mucha afinidad, y maestras con mayúsculas, como Sonia, del desaparecido Árbol de burbujas, en mis comienzos, o Patricia, de Yerbolandia o de Natural, mola más. Ahora estoy estudiando un curso con un aromaterapeuta que respeto mucho, Enrique Sanz Bascuñana. Es un curso de 600 horas en Experto en cosmética natural.

Y, aunque no dedico a este mundo todo el tiempo que quisiera, ya que primero soy madre, luego, profe de inglés (paga las facturas con cierta estabilidad, y también me encanta), y luego, todo este mundo tan vasto, siento que es pasión, y que en él me quedaré muy a gusto. Ahora mi peque va para 7, y, aunque las fragancias artificiales, tan fuertes, la atraen, creo que no sólo su piel y pelo, sino sus sentidos también, están más saludables que si no hubiera recorrido este camino.

Otro día os hablo de cómo detectar sustancias nocivas y del “greenwashing”, ¿vale?

Y vosotr@s, ¿cómo os introdujistéis en este mundo de la cosmética natural, ya sea como creadoras o como consumidoras? me encantaría que me comentárais 🙂

*Datos extraídos de “El libro de la cosmética natural”, de Claudina Navarro, Manuel Núñez y Jordi Cebrián. Proyecto Natur. 2ª edición, 2014.

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